La soledad está cada día más fuerte y más cercana. Aprieta, golpea, asfixia, hace mis horas de chicle y siento silencio aunque esté en el centro de un estruendo.
No sé si camino, si me arrastran o si tengo ruedas, sólo sé que al cabo de unos siglos logro soportar un día.
Y así se repiten los siguientes.
Es un vacío tan extremo que ya no intento entenderlo. Ya no dejo de comer, ya no ordeno, ya ni pienso. Podría compararme con un trapo o con una moneda hundiéndose sin freno en el agua. No sé cuál es el sentido del camino, no me interesa lo que vaya a pasar, pero que pase algo por favor! Estoy tan insensibilizada que ni la mejor suerte del mundo podría cambiar mi mente.
Me siento sola con todos, me siento desubicada, fuera de lugar, lejos de casa, me siento impaciente; golpeo los dedos, doy vueltas, miro para un lado y para el otro, sin embargo nunca encuentro qué buscar.
Desde hace un tiempo todo terminó pero yo sigo acá, no sé bien que es lo que pasó, morí en alma pero el cuerpo sigue andando, se acabó mi vida pero por alguna loca razón sigo existiendo, al parecer, fisicamente.
Es como si las cosas ya no se fijaran. Ya no me queda nada. Todo se me escapa. Se patina, se chorrea, se escapa por una rejilla. Todo, desde hace infinidades quizás, se volvió tan inestable y tan descartable, tan momentaneo, hasta las cosas que alguna vez fueron tan cercanas y tan mías, hoy son sólo una ayuda para subsistir a tanta nada rodeándome. Tanta nada que a veces creo sentir las horas detenerse, y no puedo saber si el destino está jugando conmigo o soy yo la que está perdiendo la razón.
No hay comentarios:
Publicar un comentario